De las galeras al sol
Perdonad mi tardanza en escribir de nuevo. No tengo ninguna excusa elegante, así que os contaré la verdad: he estado absorta, encerrada en la hemeroteca virtual de la residencia, viendo una y otra vez los vídeos caseros de los primeros pasos del circo abierto del periodismo español.
No digo circo en tono despectivo, sino que uso el término para referirme al momento interesantísimo en el que se halla la profesión periodística y los que bailamos el hare krishna a su alrededor; un circo en el que, además de lo que detallo seguidamente, hay tierra batida, caballos desbocados, músculos y emoción a vida o muerte.
Sí, se trata de unas cuantas vueltas a la arena, no muchas, creo yo, durante las cuales los que estáis trabajando en la construcción de otros periodismos posibles a la vez que intentáis emanciparos de las estructuras opresoras, precarizantes e intervenidas, os jugáis bastante (y me incluyo).
Pongamos que los Césares, la aristocracia de la prensa española, se hallan despidiendo a gente a diestro y siniestro, hacen jornadas maratonianas para seleccionar a los mejores becarios y pagan a expertos en la era digicual para que les hagan webs molonas y con mucha interacción de esa. Pongamos que esto lo llevan haciendo desde antes de la crisis económica, en los primeros destellos de la crisis periodística.
Imaginemos que quizás justo ahora estén empezando a considerar (empezando, eh) el hecho de que la gente no compra periódicos por algo más que porque “cuando llegan al quiosco ya están informados” o porque “no se valora el periodismo como para pagarlo” o porque “hay que cambiar el modelo de negocio”. Pongamos que por primera vez están rascándose las barbas, que están dispuestos a arremangarse ligeramente los pantalones de pinza, sentarse en una butaca, mostrar sus canillas de ejecutivo y escuchar a esos jóvenes y no tan jóvenes que hablan de cosas como periodismo participativo, comunidad, transversalidad, red. Pongamos que han empezado a intuir que su título nobiliario de garantes y transmisores de la democracia y la cultura de un país entero ya no vale tanto como antaño.
“Toda esa gente del nuevo testamento periodístico parece bendecida por los dioses oscuros de la información libre en Internet. Pero no todos se han entregado a su credo aún. No permitiré que pongan en peligro mi legado, mi influencia, ¡mi altar legítimo!”- gritó uno de los Césares en su alcoba, blandiendo su espada al cielo.
Entonces los Césares tramaron un plan: permitieron que en las carreras de cuadrigas corrieran los llamados representantes del nuevo testamento. Gente en sandalias, no de muy buen ver, famélicos algunos, que iban por los montes diciendo a los ciudadanos que el poder está en ellos mismos, que sólo tienen que creerlo, y que todo un ejército de pequeños proyectos estaba dispuesto a combatir el oligopolio (y sus intereses). El pueblo, al parecer, deseaba conocer a estos nuevos corredores, hastiado de los grandes guerreros del imperio. Así, las carreras mixtas del circo del periodismo abierto renovaron el interés por la pugna. Una calurosa tarde, Petra, una de las hábiles consejeras del César, observó lo siguiente mientras le servían agua fresca:
“Ante todo, esa gente diversa y libre parece querer conocerse mutuamente. No hacen más que mirar sus carrozas, sondear el espacio abierto entre sus ojos. En realidad, son un misterio para ellos mismos”.
A lo que Petrus Jotus contestó: “Les concederemos ese placer. Así nosotros y nuestros poderosos socios podremos desentrañar sus misterios desde las alturas, conocer esa filosofía libertaria. Nos anticiparemos a sus amenazas mojigatas y les imitaremos para robarles el poder de la palabra (¡y a los anunciantes que buscan tendencias!) Sólo así mantendremos esa relación de dependencia a nuestro alrededor: que todo lo que quiera existir pase por la prensa grande”.
“A pesar de su espíritu valiente, de su vocación clásica, creo que algunos de estos guerreros desean exhibir sus fortalezas ante nuestra tribuna. Como si mendigaran, sin confesarlo a sus fieles, una bendición del imperio que les asegure la supervivencia” – dijo Cayus Cebrianus Maximus.
Pero Petra recordó a los sonrientes emperadores su situación real: “Hubo algo en vuestra ecuación que no salió como esperabais” – y les alcanzó una servilleta con un esquema.
Petra les alcanzó otra servilleta, y los dos próceres tragaron el vino a la vez.
Las carreras dieron inicio. Los corredores eran gente del nuevo testamento que iban a competir entre sí. Llevaban carrozas distintas a todo y distintas entre sí, ellos las habían inventado para romper sus cadenas. Las lanzaron a la arena y empezaron a correr con todas sus fuerzas. En la meta, unos operarios estaban colocando una pancarta improvisada en la que se leía “EMPRENDEDOR DEL AÑO”, y desde las alturas, gobernando el circo, los Césares brindaban.
El Coliseo se llenó, pero no de público real, sino de gente en sandalias, gente que quería ganarse la vida, hacer periodismo en internet, abandonar de una vez a los Césares e instaurar un nuevo sistema que permita democratizar la información. Gente de las galeras que quiere ver caer a los Césares, y gente de las galeras corriendo en el circo del imperio. ¿Y los Césares, les escuchan desde su palco porque Internet es el futuro y el presente? ¿Porque quieren contratarles? Les escuchan para entender cómo podrán seguir ganando dinero y mantener sus macro estructuras; imitarán a estos visionarios en harapos para que toda su constelación de innovaciones no debilite, no invisibilice la gran hazaña del imperio: seguir siéndolo.
Julius, uno de los corredores, cerró los ojos un segundo, cegado por el polvo. De pronto, en ese instante de oscuridad, se dio cuenta de que estaba cayendo en una trampa. Todos estaban participando en una carrera competitiva, financiada por las mismas instituciones que les asfixiaban, desde bancos, universidades y corporaciones hasta sindicatos y grandes grupos mediáticos. Habían puesto un premio jugoso en la meta (el empujón), y, cegados por el hambre, estaban a punto de entregar su bien más preciado. Entonces notó un fuerte latigazo en el cuello, alguien quería tirarlo de la carroza.
Julius resistió aquella vez y siguió participando en las carreras, curioso por desentrañar todo ese océano de oportunidades que parecía abrirse ante ellos: concursos, simposios, subvenciones, másteres sobre lo que ya sabían. En algunas de esas carreras, incluso los propios Césares, al entregar los galardones, alababan sin reservas a los harapientos, sabiendo que sus palabras no anidarían en su fuero interno, y que éstos, en vez de seguir andando por el camino estrecho y desconocido, preferirían abalanzarse sobre la primera zanahoria que apareciera.
Los diarios eran como los políticos, todos Césares. Decían unas cosas, pero hacían otras. Porque lo único que querían era recuperar su influencia, aunque fuera adoptando una posición falsamente autocrítica.
De nada servía decirlo alto y claro. Toda aquella creatividad, invención, autoaprendizaje, todo aquel trabajo, todas aquellas cosas que nos estaban llevando a experimentar y compartir con el público y entre nosotros otras formas de información podían desaparecer en cuanto, simplemente, algunos soñáramos con ser emperadores (que se parece demasiado a “emprendedores”): tener nuestro imperio y olvidar todo lo demás, ese ecosistema donde el poder se piensa, se reparte y se comparte; mejorar entre todos el periodismo de mierda que nos han dejado y poder sobrevivir con ello.
En una de esas carreras Julius paró su carroza en medio de la pista y los demás fueron deteniéndose escalonadamente para después sentarse a su alrededor. “¿Qué somos, una constelación o una galaxia?”
“Miraos. Sabéis que la red os ha cambiado. Sabéis que lo que nos ofrece Internet nos ha beneficiado, y que es la única vía para poder construir una galaxia de planetas alternativos en los que, sois conscientes, se informarán las generaciones venideras. De vosotros depende la fuerza que esa galaxia vaya a tener en el futuro.
De nada sirve apelar a un estatus profesional que nunca hemos tenido ni hemos experimentado y decir, encima, que es Internet quien nos lo ha robado. De nada sirve negarse a pensar un futuro si no nos dan un sueldo a cambio. Si no lo hacemos nosotros, otros lo harán. Y la red, desde el principio, nos ha puesto las riendas en la mano. ¡Coged la red y huid del resto, insensatos!
Parece que empezamos a despertar ahora y que una legión de proyectos nace. Pero hay dos caminos que podemos seguir:
Podemos seguir caminando solos, cada uno con su cuadriga, y ver quién resiste la embestida del tiempo y de la competencia. Podemos sufrir.
O todos nosotros podemos aliarnos de alguna forma, federarnos para sentir que, a pesar de que cada uno conduce sus caballos, no estamos solos. Que somos muchos, y que estamos dispuestos a plantar cara a los grandes medios con un montón de ideas y calidad.
Podemos seguir corriendo sus carreras, estar atentos a sus silbatos. O podemos inventarnos cualquier otro escenario posible.
Dentro de nada habrá una masa de medios en vez de medios de masas. Hay muchos ojeadores y cazatalentos, siempre los habrá, los que poseen esos capitales que fluctúan y que nunca vemos porque están sobre nuestras cabezas, atentos a buenas oportunidades que asoman en los prados despejados.
Pero también hay un ecosistema latiendo que necesita una transfusión de compromiso por parte de todas sus colonias extraterrestres, porque sabemos que se erigirán intentando deslumbrar al resto, pero también podemos intuir todo lo que podríamos llegar a hacer juntos. Quizás más que innovación lo que nos hace falta ahora es ilusión por formar parte de lo mismo, pero diferente de lo suyo, algo nuestro y palpable.
Ya sería tremendo que el César tuviera más fe que nosotros.
PD: (¿Federación de Medios Alternativos?)




























