Sin medias

De las galeras al sol

Perdonad mi tardanza en escribir de nuevo. No tengo ninguna excusa elegante, así que os contaré la verdad: he estado absorta, encerrada en la hemeroteca virtual de la residencia, viendo una y otra vez los vídeos caseros de los primeros pasos del circo abierto del periodismo español.

No digo circo en tono despectivo, sino que uso el término para referirme al momento interesantísimo en el que se halla la profesión periodística y los que bailamos el hare krishna a su alrededor; un circo en el que, además de lo que detallo seguidamente, hay tierra batida, caballos desbocados, músculos y emoción a vida o muerte.

Sí, se trata de unas cuantas vueltas a la arena, no muchas, creo yo, durante las cuales los que estáis trabajando en la construcción de otros periodismos posibles a la vez que intentáis emanciparos de las estructuras opresoras, precarizantes e intervenidas, os jugáis bastante (y me incluyo).

Pongamos que los Césares, la aristocracia de la prensa española, se hallan despidiendo a gente a diestro y siniestro, hacen jornadas maratonianas para seleccionar a los mejores becarios y pagan a expertos en la era digicual para que les hagan webs molonas y con mucha interacción de esa. Pongamos que esto lo llevan haciendo desde antes de la crisis económica, en los primeros destellos de la crisis periodística.

Imaginemos que quizás justo ahora estén empezando a considerar (empezando, eh) el hecho de que la gente no compra periódicos por algo más que porque “cuando llegan al quiosco ya están informados” o porque “no se valora el periodismo como para pagarlo” o porque “hay que cambiar el modelo de negocio”. Pongamos que por primera vez están rascándose las barbas, que están dispuestos a arremangarse ligeramente los pantalones de pinza, sentarse en una butaca, mostrar sus canillas de ejecutivo y escuchar a esos jóvenes y no tan jóvenes que hablan de cosas como periodismo participativo, comunidad, transversalidad, red. Pongamos que han empezado a intuir que su título nobiliario de garantes y transmisores de la democracia y la cultura de un país entero ya no vale tanto como antaño.

“Toda esa gente del nuevo testamento periodístico parece bendecida por los dioses oscuros de la información libre en Internet. Pero no todos se han entregado a su credo aún. No permitiré que pongan en peligro mi legado, mi influencia, ¡mi altar legítimo!”- gritó uno de los Césares en su alcoba, blandiendo su espada al cielo.

Entonces los Césares tramaron un plan: permitieron que en las carreras de cuadrigas corrieran los llamados representantes del nuevo testamento. Gente en sandalias, no de muy buen ver, famélicos algunos, que iban por los montes diciendo a los ciudadanos que el poder está en ellos mismos, que sólo tienen que creerlo, y que todo un ejército de pequeños proyectos estaba dispuesto a combatir el oligopolio (y sus intereses). El pueblo, al parecer, deseaba conocer a estos nuevos corredores, hastiado de los grandes guerreros del imperio. Así, las carreras mixtas del circo del periodismo abierto renovaron el interés por la pugna. Una calurosa tarde, Petra, una de las hábiles consejeras del César, observó lo siguiente mientras le servían agua fresca:

“Ante todo, esa gente diversa y libre parece querer conocerse mutuamente. No hacen más que mirar sus carrozas, sondear el espacio abierto entre sus ojos. En realidad, son un misterio para ellos mismos”.

A lo que Petrus Jotus contestó: “Les concederemos ese placer. Así nosotros y nuestros poderosos socios podremos desentrañar sus misterios desde las alturas, conocer esa filosofía libertaria. Nos anticiparemos a sus amenazas mojigatas y les imitaremos para robarles el poder de la palabra (¡y a los anunciantes que buscan tendencias!) Sólo así mantendremos esa relación de dependencia a nuestro alrededor: que todo lo que quiera existir pase por la prensa grande”.

“A pesar de su espíritu valiente, de su vocación clásica, creo que algunos de estos guerreros desean exhibir sus fortalezas ante nuestra tribuna. Como si mendigaran, sin confesarlo a sus fieles, una bendición del imperio que les asegure la supervivencia” – dijo Cayus Cebrianus Maximus.

Pero Petra recordó a los sonrientes emperadores su situación real: “Hubo algo en vuestra ecuación que no salió como esperabais” – y les alcanzó una servilleta con un esquema.

Petra les alcanzó otra servilleta, y los dos próceres tragaron el vino a la vez.

Las carreras dieron inicio. Los corredores eran gente del nuevo testamento que iban a competir entre sí. Llevaban carrozas distintas a todo y distintas entre sí, ellos las habían inventado para romper sus cadenas. Las lanzaron a la arena y empezaron a correr con todas sus fuerzas. En la meta, unos operarios estaban colocando una pancarta improvisada en la que se leía “EMPRENDEDOR DEL AÑO”, y desde las alturas, gobernando el circo, los Césares brindaban.

El Coliseo se llenó, pero no de público real, sino de gente en sandalias, gente que quería ganarse la vida, hacer periodismo en internet, abandonar de una vez a los Césares e instaurar un nuevo sistema que permita democratizar la información. Gente de las galeras que quiere ver caer a los Césares, y gente de las galeras corriendo en el circo del imperio. ¿Y los Césares, les escuchan desde su palco porque Internet es el futuro y el presente? ¿Porque quieren contratarles? Les escuchan para entender cómo podrán seguir ganando dinero y mantener sus macro estructuras; imitarán a estos visionarios en harapos para que toda su constelación de innovaciones no debilite, no invisibilice la gran hazaña del imperio: seguir siéndolo.

Julius, uno de los corredores, cerró los ojos un segundo, cegado por el polvo. De pronto, en ese instante de oscuridad, se dio cuenta de que estaba cayendo en una trampa. Todos estaban participando en una carrera competitiva, financiada por las mismas instituciones que les asfixiaban, desde bancos, universidades y corporaciones hasta sindicatos y grandes grupos mediáticos. Habían puesto un premio jugoso en la meta (el empujón), y, cegados por el hambre, estaban a punto de entregar su bien más preciado. Entonces notó un fuerte latigazo en el cuello, alguien quería tirarlo de la carroza.

Julius resistió aquella vez y siguió participando en las carreras, curioso por desentrañar todo ese océano de oportunidades que parecía abrirse ante ellos: concursos, simposios, subvenciones, másteres sobre lo que ya sabían. En algunas de esas carreras, incluso los propios Césares, al entregar los galardones, alababan sin reservas a los harapientos, sabiendo que sus palabras no anidarían en su fuero interno, y que éstos, en vez de seguir andando por el camino estrecho y desconocido, preferirían abalanzarse sobre la primera zanahoria que apareciera.

Los diarios eran como los políticos, todos Césares. Decían unas cosas, pero hacían otras. Porque lo único que querían era recuperar su influencia, aunque fuera adoptando una posición falsamente autocrítica.

De nada servía decirlo alto y claro. Toda aquella creatividad, invención, autoaprendizaje, todo aquel trabajo, todas aquellas cosas que nos estaban llevando a experimentar y compartir con el público y entre nosotros otras formas de información podían desaparecer en cuanto, simplemente, algunos soñáramos con ser emperadores (que se parece demasiado a “emprendedores”): tener nuestro imperio y olvidar todo lo demás, ese ecosistema donde el poder se piensa, se reparte y se comparte; mejorar entre todos el periodismo de mierda que nos han dejado y poder sobrevivir con ello.

En una de esas carreras Julius paró su carroza en medio de la pista y los demás fueron deteniéndose escalonadamente para después sentarse a su alrededor. “¿Qué somos, una constelación o una galaxia?”

“Miraos. Sabéis que la red os ha cambiado. Sabéis que lo que nos ofrece Internet nos ha beneficiado, y que es la única vía para poder construir una galaxia de planetas alternativos en los que, sois conscientes, se informarán las generaciones venideras. De vosotros depende la fuerza que esa galaxia vaya a tener en el futuro.

De nada sirve apelar a un estatus profesional que nunca hemos tenido ni hemos experimentado y decir, encima, que es Internet quien nos lo ha robado. De nada sirve negarse a pensar un futuro si no nos dan un sueldo a cambio. Si no lo hacemos nosotros, otros lo harán. Y la red, desde el principio, nos ha puesto las riendas en la mano. ¡Coged la red y huid del resto, insensatos!

Parece que empezamos a despertar ahora y que una legión de proyectos nace. Pero hay dos caminos que podemos seguir:

Podemos seguir caminando solos, cada uno con su cuadriga, y ver quién resiste la embestida del tiempo y de la competencia. Podemos sufrir.

O todos nosotros podemos aliarnos de alguna forma, federarnos para sentir que, a pesar de que cada uno conduce sus caballos, no estamos solos. Que somos muchos, y que estamos dispuestos a plantar cara a los grandes medios con un montón de ideas y calidad.

Podemos seguir corriendo sus carreras, estar atentos a sus silbatos. O podemos inventarnos cualquier otro escenario posible.

Dentro de nada habrá una masa de medios en vez de medios de masas. Hay muchos ojeadores y cazatalentos, siempre los habrá, los que poseen esos capitales que fluctúan y que nunca vemos porque están sobre nuestras cabezas, atentos a buenas oportunidades que asoman en los prados despejados.

Pero también hay un ecosistema latiendo que necesita una transfusión de compromiso por parte de todas sus colonias extraterrestres, porque sabemos que se erigirán intentando deslumbrar al resto, pero también podemos intuir todo lo que podríamos llegar a hacer juntos. Quizás más que innovación lo que nos hace falta ahora es ilusión por formar parte de lo mismo, pero diferente de lo suyo, algo nuestro y palpable.

Ya sería tremendo que el César tuviera más fe que nosotros.

 

PD: (¿Federación de Medios Alternativos?)

Gargantas interminables

Estoy tumbada en el colchón, en el colchón que hay en mi celda de pladur reforzado. Posición fetal.

En este estado inmóvil, flotante, puedo soñar cómo era yo en enero de 2012. No hubo cuesta porque no había montañas. Todos estábamos siendo aplastados. Una enrome bola marrón –y esta no era de pladur como en las películas de Indiana Jones– iba rodando por las calles de las ciudades convirtiendo a las personas en manchas en el arcén, como los chicles viejos. Era una bola enrome pero a la vez silenciosa. Mucha gente lloraba desde su nueva morfología en dos dimensiones pero no les caían lágrimas; gritaban desde ese fragmento de acera, de carretera, gris, en el que nunca habían reparado. Antes era un camino y ahora era un hogar carcelario. Hogar carcelario. Un sitio donde estás más o menos bien, pero en el que te falta algo, del que no sabes cómo ni por qué saldrías si pudieras. Un lugar en el que quizás ya no te sientas tan seguro.

Pero también había larvas. Sin duda teníamos un aspecto extraño. Nos deslizábamos muy despacio entre los chicles humanos que nos miraban con recelo. Había larvas que decían que íbamos demasiado despacio, también muchos chicles humanos se metían con nosotros, muy enfadados, hasta que algún tráiler les pasaba por encima otra vez. Las larvas éramos las personas que habíamos cambiado el código. Habíamos abandonado nuestro hogar mental no sin cierta incertidumbre, pero ahora no queríamos volver. Al contrario de lo que la antigua inercia habría escrito, quienes teníamos el cambio de era interiorizado no nos escandalizábamos, no teníamos prisa, no creíamos que el formato de la revolución fuera el de ir solucionando entuertos como Supermán. Muchos tachaban de parálisis lo que en realidad se estaba convirtiendo en incubación.

¿A cuántos de vosotros, en este momento, os gustaría meteros en una confortable crisálide para pensar durante un año? ¿Y si fueran crisálides conectadas?

Antes, quien era rico siempre pensaba que jamás sería pobre, y quien era pobre que jamás saldría de la precariedad. En 2012 la mayoría de larvas sabían que había otras larvas.

Estoy desfalleciendo, me duelen los huesos. Decido levantarme e ir a suplicar a Renata, la roboenfermera más antigua. Suele ser más piadosa. Le voy a pedir que me aplique un viaje mental. La Prisión de Mujeres de la Cuarta Edad sólo utiliza esta técnica para “enfermas mentales” o en los casos terminales. Las abuelitas pueden elegir entre una selección de imágenes “positivas” que la máquina (equipada con un sofá ergonómico y un ordenador que se amolda al cráneo) selecciona de su cerebro y proyecta en sus gafas. La abuelita podrá disfrutar de esos recuerdos en forma de video casero antes de morir. Sin embargo, las usuarias del Pasado Virtual no son libres de elegir sus recuerdos. No pueden ver una carretera, o un vaso de cristal, o un cigarrillo, o una masacre. Deben ver tartas de cumpleaños, abrazos, niños y a ellas mismas años atrás, con un tipazo. Si la usuaria no ha tenido familia se le proyectan paseos en días soleados, o vacaciones en la playa o el monte.

Obviamente, yo no quería utilizar mi viaje mental para tales memeces. Keira, una hacker que conocí hace 15 años me enseñó cómo modificar la orden de la máquina desde la misma silla. Así que me levanto. Camino a pasitos infinitesimales por el pasillo para enternecer a Renata. También voy más encorvada de lo normal, e intento dibujar en mi rostro un gesto de ternura, de amor hacia los pájaros que se ven en el jardín, de agradecimiento por el sol que se filtra por las ventanas. Para este tipo de cosas me han sido muy útil la publicidad televisiva: sólo tengo que mezclar un anuncio de dentaduras con uno de seguros de vida.

- Hola Albanatz- dice Renata.

- Hola Renata.

- Hoy te veo contenta, me alegro de ello.

- Gracias. Lo cierto es que he podido echar una cabezadita y he tenido recuerdos reales.

- ¡Oh, eso es maravilloso!- dice soltando un gallo en vocoder.

- Sí- pongo cara de epifanía – pero se ha ido demasiado rápido. Luego ya no lo he podido alcanzar– aquí bajo la cabeza ligeramente.

- Qué traviesa es la memoria, ¿verdad?- soltó Renata. Esta frase había resonado el el vestíbulo de la prisión cientos de veces, la odiaba. Sin embargo presté atención a su caja torácica y pude oír que sus circuitos estaban trabajando más de lo habitual, estaba considerando otras opciones.

- Si pudiera hacer un viaje mental para volver a los recuerdos…-

- Creo que hoy mereces algo especial, Albanatz- Me cogió del brazo y nos dirigimos a la sala de Pasado Virtual.

Me senté en la silla y me puse el casco previamente desconectado de la máquina.  La pantalla lateral y los comandos manuales se iluminaron al detectar el fallo. Bajé de la silla e inserté la siguiente orden: “Washington, 1972″.

Aparecí donde quería, justo enfrente del edificio Watergate. Siempre había querido verlo de cerca. De pronto me di cuenta, al rato de permanecer embobada, de que había rejuvenecido aleatoriamente; la máquina me había puesto la edad de veintitantos (en tiempo real yo aún no habría nacido). Así que pegué un salto y me toqué un poco, luego fui corriendo a buscar un escaparate en el que reflejarme. El modelito tampoco estaba nada mal, un poco atrevido. La máquina del Pasado Virtual merece un Nobel o lo que sea: es capaz de reconstruir una interacción en el pasado, pero de forma falsa, sin que afecte al futuro. Sin embargo mantiene todos los datos para hacer de la interacción algo verosímil. Vamos, una pasada. Inconveniente: sólo tenía tres horas. Cogí un bus hacia mi destino. Me planté en el vestíbulo del Washington Post. Estaba esperando el ascensor para subir a la redacción, miraba a los lados, a la gente. De pronto la campanita de aviso sonó y recibí empujones. Me quedé paralizada unos segundos, viendo como Bob Woodward y Carl Bernstein salían del ascensor, pasaban por mi lado a toda prisa. Fui tras ellos.

Cruzaron una calle de forma suicida, yo también. Llegaron hasta un coche, yo iba detrás. Bob se giró.

- ¿Qué desea señorita?– me quedé muda. Carl me miró y metió la mano en su bolsillo.

- Tome, reúnase con nosotros en esta cafetería dentro de 25 minutos.

-Sí– cogí el papel.

- Ahora discúlpenos, en seguida estaremos con usted.

Ellos creían que yo era una de las tantas trabajadoras del Comité para la Reelección del presidente Nixon. Fui a la susodicha cafetería y pedí un batido de chocolate. Al cabo de 30 minutos entraron por la puerta y se sentaron enfrente. Parecían cansados pero excitados, estaban justo al final de la investigación. Bob se desperezaba los ojos mientras disimulaba colocándose el pelo. Carl me ofreció un cigarro. Puse tal cara de agradecimiento, de ilusión –¡se podía fumar allí dentro!– que noté que me miraban raro.

- ¿Cómo va la investigación? Por lo que he ido leyendo en el Post parecen estar cerca de algo.

-  Sentimos que estamos cerca, que debemos seguir– dijo Bob. Me estaban analizando, me veían extraña y no querían pifiarla por si yo era una fuente de incógnito, por si era yo quien les estaba poniendo a prueba.

- ¿Qué les impulsa a seguir?- pregunté con repentina seguridad y coquetería con el cigarro.

- Estamos destapando una estafa a toda la sociedad norteamericana, un acto de connivencia de todos los estratos de la administración– dijo Carl, también con chulería.

- ¿Una falsa democracia?– lancé. Se miraron entre ellos.

- Sí, desde luego. Todo un sistema político que oculta hechos a los ciudadanos, que les roba, es falso si pretende aparentar lo contrario– dijo Bob.

- No se puede permitir, y no lo haremos. Es nuestra obligación como ciudadanos libres y como periodistas, tenemos el apoyo de nuestro editor– remató Carl.

- Disfrútenlo.

- ¿Quién es usted señorita?– Carl me ofreció otro cigarro.

- No provengo de un lugar que conozcan. ¿Si les dijera que en el futuro las redacciones servirán a políticos y empresas, y que los mercados hundirán las democracias, que borrarán del mapa cualquier resto de New Deal o de Plan Marshall, me creerían? Supongo que les costará imaginar un mundo gobernado por las empresas, por los mercados, un mundo sin política.

- Francamente, lo que usted cuenta parece apocalíptico, pero, ¿por qué tenemos que creerla? ¿Qué es lo que pretende?- (Bob).

- Los periodistas se quedarán paralizados, no confiarán en su poder. La gente, reeducada para no pensar y sólo consumir, también se quedará inmóvil ante el expolio silencioso.

- Oiga, todo esto es muy interesante, pero díganos quién es. ¿Trabaja en el comité? – inquirió Carl.

De repente llegó a nuestra mesa otro hombre, joven, le saludaron. Él me observó con superioridad.

- ¿Quién es? ¿Garganta Profunda?– soltó una enorme carcajada que rebotó en las paredes. Carl y John parecieron avergonzarse.

- Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhauser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. No soy prostituta, soy la Wikimujer. Llevo un pen, que no un pene, y os robo las ideas. Voy con caballeros y absorbo su conocimiento– el tío se quedó con la boca abierta, se rascó la nuca.

- Eh chicos, ya nos veremos en las ruedas de prensa eh..un placer– dijo haciendo que me miraba sin mirarme. Carl y Bob sonrieron, claro, porque pensaron que todo era la invención de una extraña mujer. Les hice mi última pregunta.

- De donde yo vengo, ¿qué puedo hacer para que los periodistas reaccionen?

- Dígales que todo depende de ellos. Que no depende de los políticos, depende de ellos– dijo John.

- Sí, con el periodismo se pueden hacer grandes cosas, cosas inimaginables– me levanté, les extendí la mano y me fui a encontrar la parada de bus de enfrente del edificio Watergate.

Volví a la sala de Pasado Virtual. Mi cuerpo había envejecido 50 años pero mi mente seguía en aquella cafetería llena de humo. Pensé en el tiempo que tuvo que pasar para que William Mark Felt, número dos del FBI, Garganta Profunda, revelara su identidad. Concretamente, Vanity Fair publicó la confirmación el 31 de mayo de 2005 (foto en blanco y negro).


Entonces pensé en Bradley E. Manning, el joven analista del Ejército de Estados Unidos acusado de filtrar a Wikileaks un vídeo en el que se ve como un helicóptero estadounidense mata a un grupo de civiles en Irak, entre ellos dos periodistas iraquíes de la agencia Reuters. También está acusado de filtrar otros muchos documentos comprometedores para la diplomacia norteamericana y para el Ministerio de Defensa de EE.UU.

Pensé en todos los Gargantas Profundas que habitan en la red.

Imaginé qué hubieran hecho Bob y Carl en 2012.

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PD 1- Seguramente en 2012 Bob y Carl hubieran sido parados. Pero por entonces un periodista no cobraba los sueldos que amasan los dinosaurios asalariados de las redacciones industrializadas (pregunten, pregunten); el periodismo no era una profesión para enriquecerse. Como máximo hubieran cobrado lo que un becario. Lo que sí es seguro es que no hubieran podido publicar sus investigaciones en ninguno de los principales diarios españoles. ¿Luego, qué hubieran hecho? 

PD 2- No sé, yo en 2012 tenía verdadera curiosidad por saber quiénes eran los representantes de las agencias de calificación en España. Incluso llegué a imaginar una escandalosa portada en Cuore: “Michelines Triple A”. Lo lanzo.

PD 3- #STOPSOPA #STOPSOPA #STOPSOPA #STOPSOPA

 

La ilustración se titula “Incubation 2″ y es de Kozifrappe 

 

Periocomún o Procodismo

2.0.1.2 files by albanatz

- Joder, qué susto me has dado, Casciari– dije en voz alta llevándome la palma de la mano a mi envejecido pecho.

- No deberías estar aquí – respondió la cabeza flotante con relajada suficiencia.

Lo sabía. Había conseguido escapar de la excursión al Museo Arqueo-Botánico que la prisión había organizado para todas las internas de la cuarta edad. Los fósiles de ciertas plantas siguen causando furor entre muchas personas. La sala de los ficus, ambientada como un salón-comedor de antaño, es sin duda el mayor reclamo del centro. Simplemente di un saltito desde la cinta transportadora, algo altamente improbable dada mi escasa movilidad y mi figura interrogante. Las RoboCuidadoras no detectaron mi ágil movimiento; esas máquinas siguen entreteniéndose demasiado con las nubes. Entré en el Museo Interactivo de las Cabezas Flotantes, y aquí os relato lo que sucedió y pensé en relación a lo sucedido.

Antes de llegar a la galería de Criminales Creativos, en la que se hallaba Casciari, pasé por la del Holocausto Periodístico. La crisis económica representada en 2008 produjo suicidios horribles, como los del crack de 1929. Solo que, hablando de colectivos, en vez de inversores quienes decidieron poner fin a sus vidas fueron un montón de periodistas. Soy consciente de que en vuestra época, al inicio del 2012, no se puede hablar de suicidios debido al “estímulo de imitación”. Son precisamente los medios de comunicación quienes, amparados en una especie de pacto tácito, censura las informaciones sobre una de las primeras causas de muerte en Occidente. Deberíamos reflexionar acerca de este Actimel de la verdad que dice protegernos.

(El País, 17/04/2008. “Suicidio: callar sí, no ignorarlo”)

En la sala del Holocausto Periodístico había algunas cabezas conocidas. Por entonces hubo suicidios del tipo:

a) Pregunta al Rey y recibe un disparo
b) Se inmola entre tertulianos (ellos sobreviven a pesar de la desmembración)
c) Freelance escribe medio reportaje gonzo sobre hormigas carnívoras para comprarse un bocadillo
d) Director de periódico se pega un tiro porque un juez le obliga a leerlo entero
e) Reportera de televisión privada recibe voluntariamente una coz mortal de una vaca bicéfala

 

Pero también hubo suicidios llenos de contenido y desesperación. Me encontré con la cabeza flotante de Robert Fisk y recordé unas de sus últimas palabras escritas.

 

 

El periodista decidió suicidarse profesionalmente cuando un reportero le pidió que valorara los últimos resultados electorales. Fisk no pudo esperar a que sus colegas oyeran de una vez el eco de los gritos que profería desde su columna y decidió callar para siempre. Dejó una caja, un tesoro enterrado, para los intrépidos que un día se atrevieran a pensar.

La galería de los Criminales Creativos es en este museo el altar de los que la liaron parda y cambiaron las cosas para siempre. Hernán Casciari tuvo que cumplir condena porque se puso a matar a los intermediarios de verdad, en un acto de venganza irrefrenable, una vez que Orsai avanzó autónoma y exitosamente. Lo cierto es que su cabeza, a pesar de la regañina por haberme separado del grupo, parecía flotar en pacíficamente en el líquido verde nuclear. Algunos estantes más allá se encontraba Pablo Soto, el joven desarrollador que pasó de ser un criminal a ojos de la industria discográfica por incitar a la piratería a ser un “activo” a quien el estado subvencionó con 1,6 millones de euros para que pudiera dar vida a su proyecto FooFind (el “Google” de las redes P2P) una vez éste pudo abandonar los pasillos de los tribunales.

Tanto Casciari como Soto mandaron al carajo ciertas superestructuras que impedían el desarrollo de sus proyectos. Proyectos que precisamente compartían con los demás a través de contenidos descargables (Orsai) y códigos libres (Foofind). Tuvieron ideas que un amplio público necesitaba o soñaba sin saberlo, desafiaron a la industria y a las leyes que los amenazaban como creadores y ganaron. Quizás sólo se hicieron la pregunta básica: ¿Queremos?. Y ahora su público e incluso instituciones públicas (que tiene la misma raíz que “público”), mantienen sus proyectos de forma remunerada, sostenible y justa. Ganó, digamos, lo que claramente beneficiaba a la mayoría en vez de a una élite, y lo que este grueso de personas también llamado target podría sustentar con mínimas aportaciones. Y esto, por increíble que parezca, es viable. Porque al pagar pagas contento, porque mantienes a personas y a sus proyectos como quien le compra las verduras directamente al agricultor. Sin contratos millonarios y explotadores.

¿Bonito, verdad? Hubo que pararse a pensar, pensar qué se quería hacer. Hubo que pensar si era justo hacerlo, si había fuerzas para intentarlo. Hubo que volverse un poco loco, quitar a mucha gente de en medio y arriesgar. Hubo que convertirse, por un tiempo, en Lucifer.

Surgió una palabra molona, el PROCOMÚN: “Puesto al día por la estadounidense Elinor Ostrom (Nobel de Economía 2009), el término se refiere a los bienes que son de todos, no confundir con bienes públicos (del Estado). Para sus defensores son procomunes, entre otros, el aire, el agua, el conocimiento científico, el software y, también, las obras culturales… De la mano del mundo digital este nuevo paradigma está colonizando el ecosistema de la gestión cultural (pública y privada)”.

Estar, reportar, documentar, pensar, interpretar, construir y comunicar.

¿Hay algo más Procomún que el periodismo? ¿Hay algo que la sociedad necesite tanto y que a la vez precise la mínima intervención de poderes posible para su consumo óptimo? ¿No está suficientemente demostrado que la gente quiere saber y comprender? ¿No podemos hacer periodismo sin intermediarios y debernos, simplemente, a las personas interesadas? ¿No es la base de esta profesión estar más cerca de la gente que de las empresas? ¿Quién nos ha precarizado, los lectores que no compran diarios o las empresas de la industria informativa? ¿No han precarizado antes un producto que ahora no se vende? La precariedad laboral no es la pesadilla de los periodistas. Nuestra pesadilla es que se nos ha olvidado, a todos, que el periodismo era algo Procomún.

Sin embargo, en 2012 las redes sociales dieron cobijo a los aullidos, a las letanías de los pobres periodistas que querían un sueldo, que éramos muchos. Eran, sin embargo, escasos quienes lloraban porque no podían abrir un diario y sentirse fascinados por él. Quizás no nos paguen porque nuestra profesión está siendo debidamente aniquilada e intervenida por tecnócratas. Como la democracia. No voy a votar igual que no compro un diario ¿Para qué?

En 2012 todo estaba anegado por ese gran engendro periodístico, el Periodismo Light. Un enorme cúmulo de informaciones fáciles, blandas, secundarias e intoxicantes, de fácil producción, con interés sectorial o intervenido. El Periodismo Light, con una relevante presencia en el medio televisivo, fue el causante del cansancio monumental, el aburrimiendo y al fin la desconfianza y escepticismo del público. Pero lo más preocupante de esta deriva no son las informaciones publicadas, sino todo aquello que se deja de contar.

HEMEROTECA RANDOM 2012

*** PARA QUIENES BUSQUEN UN PUESTO ASALARIADO, RECOMIENDO IDENTIFICAR A LOS GRUPOS MEDIÁTICOS TRIPLE “A” EN ESPAÑA (Absténgase seres con expectativas cognitivas excesivas)***

*** RUPERT MURDOCH YA TIENE TWITTER, Y NOS ANIMA*** 

*** LA REVOLUCIÓN NO SERÁ TELEVISADA

- “Casi que mejor”, suelta Casciari.

Freelance de Oriente

Mi hora de la ducha. Este momento me gusta y me inquieta. Me gusta por el agua desalinizada al 50%. En este aspecto la prisión de mujeres es una gran ventaja. El fracaso de  la cumbre de Durban para fijar compromisos a corto plazo condenó a muerte algunas de las zonas más secas de la península. Por decirlo de una forma gráfica, hace diez años que se habla de Magreb europeo. Ahora, después de ducharte con el agua salinizada (hacerlo con agua depurada es un lujo poco democratizado) es necesario untarse con un aceite limpiador, para cuya fabricación  se utiliza casi un tercio del agua desalinizada del país. Una multinacional española ostenta desde 2036 el monopolio de este producto, LagartOil, que ya es para los españoles y españolas tan popular e imprescindible como el Cola-Cao.

Para llegar a las duchas hay que andar un rato por un largo pasillo formado por una pared situada a la izquierda y por una enorme cristalera que da a la calle. Esto es lo que me inquieta. El vidrio es un material cruel. Mi viejo cuerpo se baña con la luz del día, todo lo de fuera me mira y yo veo el mundo por unos segundos. La realidad exterior, un polígono rodeado de campos estériles, se expone. Más allá está la ciudad, y todo. El mundo asusta, entristece, cuando se muestra ante ti y no puedes hacer nada para tocarlo.

Estaba con los ojos cerrados bajo el agua con sabor a mar cuando me vino a la mente Maribel. Todos supimos que ése era su nombre al final, justo al final.

Era 2012, el inicio de la Soberanía Global de los Mercados (SGM, así lo pone en los libros electrónicos de historia vertical, pero todos sabíamos que había personas detrás de estos entes opacos y dictatoriales): ya sabéis, Montis y Papademos fueron sus primeros representantes en la tierra. Los Market Popes decidieron arriesgar y hacer evidente su soberanía real a las masas porque entendieron que la mayoría de la gente, más allá de algunas rabietas, iba a tragar. Su campaña había funcionado. A través del Plan Bolonia (uniformización y control de contenidos en las universidades europeas) y de la precarización de las ofertas de trabajo durante los primeros 30 años de vida laboral (el contrato de prácticas de extendió hasta los 40 años), los Market Popes habían introducido las tesis de Hobbes en la mente la mayoría de ciudadanos: “El hombre es un lobo para el hombre”. A través de una competencia desaforada, del individualismo a toda costa y una reformulación ideológica del ÉXITO, las gentes entraron a formar parte, “voluntariamente”, del perfecto engranaje que les hacía creer que sólo pensando en sí mismos estaban siendo realmente libres. La campaña consiguió algo muy importante que podría resumirse en esta frase del escritor Andrea Camilleri: “Los italianos querrían ser como Berlusconi, por eso le votan”.

Al inicio de la SGM una guerrilla pacífica intentó tomar las principales ciudades europeas. A través de sus acciones directas, los XX (no revelaré su nombre) intentaban concienciar a la mayoría empobrecida para unirla a la lucha en la calle: al principio crearon piquetes en sedes bancarias, planificaron boicots comerciales (Movistar fue una de las empresas más atacadas), cambiaron los azucarillos de Starbuck’s por sal y se emborracharon repetidamente, hasta rozar el coma etílico, para demostrar que había pueblos sin ambulancias. Luego pasaron a ser una especie de ejército urbano e inasible que se desplazaba haciendo Parkour. Al ver grupos vestidos de negro subiendo por fachadas y saliendo de las alcantarillas sabías que una acción iba a tener lugar. Azotaron al poder establecido, ayudaron a muchas familias y colectivos. Eran héroes.

Pero la gente, secretamente y sin darse cuenta, aún quería ser Berlusconi. Llegó a acuñarse el término “TDTAdicto” y hubo casos de desalfabetización por ver programas nocturnos de crucigramas. Contra ese deseo pecaminoso y adictivo, tan bien hilado con todos los demás elementos que conforman la vida diaria, los XX no podían luchar. Pasaron algunos años.

Maribel era cuidadora en una colmena geriátrica. Admiraba a los XX, como tanta otra gente, resistían. Pero cada día a la hora del café, al leer los titulares sobre las últimas acciones heroicas como en un cómic, tenía la sensación que yo he tenido tras el cristal. Veía fronteras invisibles e inquebrantables. Sin embargo, un día pensó que ella sabía de primera mano algo importante: que la gente muy mayor era el grupo democráfico más amplio y menos activo por cuestiones obvias. Entre las rutinas de la residencia estaba dejar que los internos salieran a la calle una vez al mes, así lo mandaba la ley, para dar fe de vida a su entidad bancaria y que la familia no cobrara ni un mes de más.

Maribel reunió a sus compañeras en la sala del microondas y les contó el plan. Todas se encargaron de comunicarlo a otras residencias que conocían. Durante exactamente un mes las trabajadoras de un buen número de colmenas geriátricas españolas comentaban, despreocupadamente y durante la hora de los juegos psicomotrices, que una amiga suya había sacado el dinero del banco porque le daba miedo perder los ahorros de toda una vida. “Que no significa que esto vaya a pasar aquí, lo sabríamos. Pero es que mi amiga se preocupa demasiado”. La visita mensual de los abuelos a los bancos se transformó en largas colas de gente con los brazos cruzados y caras de pánico. Lo que sucedió después fue bueno, muy bueno.

Recuerdo el día en que detuvieron a Edu León por fotografiar un deshaucio en Madrid. Fue el mismo en que Time encumbró a todos los ciudadanos del globo que habían empezado a protestar, a actuar y a pensar.

En aquellos tiempos los periodistas freelance trataban de encontrar formas de sobrevivir haciendo su trabajo. Con la situación de diálogo roto entre los principales representantes del sector, las nuevas generaciones de profesionales y el público (que había olvidado el periodismo), tratar de llamar la atención de los medios maistream sobre tu trabajo era casi una utopía. Si lo conseguías, por supuesto no ibas a conseguir un trabajo fijo. Así que el esfuerzo, vocación, recursos e ilusión iban desangrándose.

Y algo pasó entonces, se trazaron caminos, pero uno de ellos, el más reconocible y reconocido, fue el del Freelance de Oriente. Jóvenes periodistas, fotoperiodistas y periodistas audiovisuales se gastaban su dinero en ir a Afganistán, Siria y otros lugares con conflictos (también humanitarios e industriales) “en desarrollo”. Iban a hacer lo conocido en la jerga como un “Temazo”. Parecía obvio que ese era un buen camino a seguir, muchos pensábamos que era la senda de los valientes, de los que IBAN y LO HACÍAN, joder. Eran un gran orgullo para los DePRESSivos, hablaban en conferencias, daban charlas, ejemplo.

Sin embargo sus trabajos traídos de “Oriente” no conseguían emocionar al público español. El calado real estos temas de ámbito internacional, muchos de ellos de gran calidad, era comparable al de una medalla. Aplausos y adiós. A los ciudadanos, esos mismos que no compran periódicos pero también a los que sí, no les interesaba Afganistán, ni Pakistán, ni la las enfermedades en África. Y no porque les importaran un pimiento esas duras realidades. Esa gente ni siquiera sabía lo que sucedía en su municipio, donde cada vez había más vagabundos. No querían ni asomarse a la mirilla.

Yo me convertí, en parte, en una de esas personas. Grandes amigos y profesionales compatriotas me mandaban sus trabajos desde tierras lejanas y no me llegaban al alma. Pensé y pensé a qué podía deberse. A mí también me encantaba viajar y escribir y fotografiar, contarlo. Aquellas historias lejanas sí me importaban. Pero las que más, todo aquello que sucedía a mi alrededor, en mi país, estaban abandonadas por una brigada poderosa que luchaba en el extranjero. No había suficientes periodistas freelance batallando en España y había muchas cosas por hacer. Estaba todo por hacer. Saqué la conclusión de que la desconexión de los periodistas independientes españoles con su propio país podía ser su mayor enemigo. Porque en su casa, sus trabajos no eran enemigos de nadie.

Las expediciones periodísticas más valerosas quizás fueran a salvar una o dos carreras, pero no al periodismo español. Las historias del allá no iban a contagiar la valentía, la emoción y la necesidad a un público que ha olvidado una profesión. El periodismo de investigación local había sido destruido y desvirtuado.  El periodismo de internacional había sido encumbrado, y eso me hacía sospechar. Corría el riesgo de convertirse en algo hueco, en una pieza más del a menudo hipócrita y autocomplaciente sistema de la solidaridad y la “cultura general”. ¿Cómo interesarse por los talibanes si no sabemos ni quiénes somos ni qué nos está ocurriendo?

Lo cercano me pareció lo más difícil, pero quizás entrañe la respuesta. Así ha sido para Maribel y para Edu. Qué es un periodista si no sabe mirar a su alrededor.


El afilador

Karen es mi vecina de celda. Tiene 34 años reales y fue condenada por un Tweet-Crimen de nivel 6.
Hay hasta 10 niveles. Quizás os guste saber que en 2050 existen tweets modificados con programas de nanogenética online que se reproducen solos y multiplican su efectividad por un millón cuando se desatan. Como una bomba atómica en un tweet, como darle vida propia, como crear un monstruo. Lo difícil es dar con los laboratorios en la red. Están buscados y muy solicitados, y nadie sabe a ciencia cierta quién los controla. James Assange, hijo -al final- reconocido de Julian, pudo mandar un tweet una vez. No seré yo la spoiler.

Ayer dejé que Karen hiciera trenzas con mi pelo blanco durante la hora del patio. Como siempre, nos enchufamos a unas bombas de oxígeno por pura glotonería y se puso a contarme por enésima vez su romance con el hacker chino (son lo más). No sé como terminó contándome que su abuela fue carnicera, que tenía un local pequeño en una esquina de un barrio del área metropolitana de Barcelona. De repente detuvo sus dedos sin soltar mis mechones y se quedó en silencio. Yo no dije nada por no incomodarla hasta que dijo:

- ¿Recuerdas el afilador? ¿Viste alguno?

- Sí, vi algunos.

- ¿Y cómo eran?

Entonces recordé. No quedaba mucho para que se produjera la primera señal. Los periodistas de algunas de las principales cadenas de televisión iban a coordinarse para dar una cobertura muy especial de la campaña de las elecciones generales de 2014. A pocos días del primer encuentro clandestino, un mediodía cualquiera, sentí una sanguinaria atracción hacia un sonido que se deslizaba desde varias manzanas de distancia hacia mí:

Afilador2 by albanatz

Como una llamada de la selva. El chiflo del afilador era un símbolo profético, una señal de lo que tendría que llegar: un código secreto entre periodistas y ciudadanos. En 2011 la situación ya era muy grave.

(El País, 30/11/2011)

Los propietarios de la industria informativa transgénica veían en Internet a su enemigo, al culpable de todo, igual que políticos y demás agentes de la cultura intervenida masiva (por no hablar de los dictadores salidos del armario): “Cuando llegan al quiosco ya están informados”, lloriqueó el director adjunto de El País, Lluís Bassets, durante un seminario sobre periodismo en Santander. A la vez se jactaba de que Wikileaks, sin los medios interpretadores (cual estómago ácido que digiere para los poluellos), no era nada. También dijo que eran estos medios, los de “referencia, garantes de las democracias europeas”, quienes lo iban a tener más difícil para cambiar de modelo económico, “porque somos grandes empresas, conglomerados. En cambio, los freelance lo tenéis mucho más fácil para trabajar en este contexto”. Recuerdo la ira que me recorrió al oír esas palabras, y recuerdo el bálsamo calmante que resultaron ser estas otras: “Nuestra asignatura pendiente son los jóvenes”.

Qué curioso que justo cuando la globalización (sustitución de los estados, con sus fronteras y leyes, por los mercados, sin ninguna de estas dos cosas [Franco Berardi]), el periodismo vigilante se encuentre más débil que nunca. La enormidad de los tentáculos de nuestros enemigos nos parece tal porque hemos perdido una importante medida de presión y movilización ciudadana, los medios de comunicación independientes.

Rentabilidad. Esto, sólo esto, era lo que andaban persiguiendo como locos los nuevos directores de periódicos (después de la progresiva limpieza étnica de periodistas clásicos –no empresarios–, de sus órganos decisivos). Creían que con la simple adaptación tecnológica hacia otras formas de pago por sus productos iban a ser, de nuevo, los reyes de la industria mediática global, que lo que no le “molaba” a la gente era ir al quiosco en pantuflas.

Peritaje de la realidad. Resultó, para sorpresa de muchos (pero menos que todos), y esto es extensible a la política internacional, que la gente no era tan monga. ¿Por qué comprar un producto del que no espero nada? (Haced este ejercicio: pensad qué expectativas de sorpresa hacia los contenidos, reportajes, investigaciones, etc. tenéis al abrir un diario español). Todos, más o menos, publicaban la misma información de agencias. Variaban los opinadores y el grupo de político en la retaguardia. Así, estábamos ante un peritaje de la realidad con escasos matices en lo que a información se refería. El señor Bassets no tuvo respuesta ante la siguiente pregunta, que surgió de entre los asistentes: “¿Cómo explica que haya gente de su edad (40-60 años) que era fiel a una cabecera haya dejado de comprarla? ¿Cómo explica la pérdida de lectores fieles?”. Movió la cabeza como uno de esos cacharros de forma animal que se ponían en los salpicaderos.

Crisis de contenidos. En 2011 estábamos en la sociedad de la información, no del conocimiento (Ejercicio 2: pregúntense si, por ejemplo, saben por qué hay un conflicto en Afganistán después de las montañas de información al respecto). Para mantener los beneficios, la prensa se supeditó aún más a los pocos anunciantes que les quedaban –estos aumentaron su influencia sobre los contenidos– y sacrificaron la información propia: reporteros, investigaciones, corresponsales y exclusivas que no son michelines famosos in the beach. Para terminar el aliño, intentaron sacar el máximo partido de las Agencias Play Doh y exprimir a sus trabajadores más jóvenes en nombre de la sinergia. Eran viejos y trasnochados. Eran viejos y por eso creían que la clave estaba en la velocidad, que era únicamente el “aquí y ahora” lo que el nuevo público demandaba de ellos. Nos acostumbramos rápido a tan increíble misterio.

Era precisamente la información propia, el periodismo en profundidad, el “sello” de cada cabecera lo que tenía posibilidades de venderse, a lo que debían dedicarse las rotativas. A la versión digital debían dedicar lo más inmediato, el peritaje, lo que tenían todos los demás. Lo dicho, la gente no era tan monga. Al menos, la mierda de la televisión era gratis por aquel entonces, justo antes de la migración a.F.Y.M (Antes de la Ficción Yonki Masiva).

Estáis asistiendo al olvido de una profesión por parte del público y de muchos de sus profesionales asalariados. No a su desaparición. Aunque no lo creáis, aunque estéis inmersos en la DePRESSión, el periodismo incuba en muchos corazones jóvenes y muchos corazones maduros lo echan de menos hasta la lagrimita. 2011 supone el inicio del fin de la era de la desconfianza y del síndrome Wikileaks (se sabe todo y no pasa nada). La esperanza, en este momento, os la va a dar la heroica resistencia de la Red a las múltiples embestidas. No penséis que es tan abstracta y protegedla activamente, será vuestra tabla de la salvación.

El afilador me puso los pelos de punta porque supe que era una llamada a las barricadas, que sólo necesitábamos nuestros teclados, que todo estaba listo. Teníamos todo lo demás, incluso todo el público que jamás pudimos imaginar. Para los que se depilen los antebrazos, queda esto (léase también desde un prisma gramatical):

NOTA:

- Jamás luciremos los peinados, poltronas y estela dorada de Ansónes, Gabilondos y Hermidas. Ellos sólo tenían que abrir la boquita y lanzar un mensaje-láser a un público de cartón. Lo del feedback, como sabéis, vino después.

Hora de levantarse

Año 2050. Escribo desde la prisión, sólo me permiten conectarme quince minutos al día.

No soy una gurú ni community manager, nunca pude pagarme un máster en “lo nuevo”. Vivo con un alto nivel de ideas improductivas en sangre.

El año que me detuvieron, 2012, era periodista freelance. Tal y como confirmó el Trending Topic mundial más profético y seguido de la historia, #newage2012 (seguido de #Mayasknew), un cambio de era empezó a palparse en muchos ámbitos de la cultura española, superando la Cultura de la Transición (CT). También la ciudadanía global tejió una red de conocimiento e innovación cada vez más significativos y al margen del sistema, utilizando la otra red como canal.

La transformación forzosa de todos esos segmentos de conocimiento iba produciéndose como un efecto dominó a cámara lenta. Parece ser que fueron los propios átomos de la industria cultural, los artistas, músicos y escritores, quienes habían empujado la primera ficha y luego se habían largado corriendo.

Sin embargo, entre los periodistas sólo había caras tristes, cerebros secos, una extraña parálisis que se traducía en una agenda repleta de congresos sobre el futuro de la profesión organizados por los Mass Media. Hay estudios no confirmados que presentan la posibilidad de que la TDT, los Anillos Tertulianos y los ojos de Sara Carbonero actuaran como inhibidores que impedían a los profesionales de este sector pensarse a sí mismos, destruirse para volver a empezar.

El Periodismo se convirtió en un vagabundo trasnochado que se prostituía por cuatro chavos; es decir, la novedad consistía en que era viejo en un mundo nuevo, por inventar, incierto y divertido a la vez. Hubo ciudadanas y ciudadanos que, al verlo borracho contando batallitas por la calle, lo recogieron para vestirlo y darle de comer. De hecho, era más fácil que nunca explicar cosas al mundo a través de Internet, y estaba demostrado que la nueva era también estaba cambiando la profesión desde sus cimientos. Pero no eran  los propios periodistas quienes estaban cogiendo el relevo de forma masiva, no se sentían apelados por el cambio. Quizás quisieran recuperar una posición que nunca se había correspondido con un oficio dedicado al colectivo y al control del poder, una posición acomodada en purpurina y photocalls: delante de la cámara, pero para posar.

Como he dicho, la ciudadanía cogió el relevo ante la situación de abandono contrainformativo en momentos de censura explícita y de discursos mediáticos bajo control mientras los propietarios de los mass media intentaban adaptar su negocio al soporte tecnológico para vender mejor su material en mal estado y crear remolinos desinformativos (ya os explicaré esto más adelante). Total, que ya nadie se divertía en el oficio, ya nadie molestaba, todo se iba a la mierda (exceptuando casos aislados de los que me gustará hablar).

Tengo 77 años y escribo este blog con el único objetivo de convenceros para que forméis un ejército de periodistas: sólo una guerrilla formada por los verdaderos dueños de este oficio mágico y poderoso que se halla cautivo en centenares de rascacielos puede salvarnos del apocalipsis enmascarado. Porque en teoría, recordad, se nos da bien quitar máscaras y contar historias, y porque es justo ahora, en medio de la desintegración del cadáver, cuando podemos modificar el ADN de la profesión. Ya sabemos más que ellos.

NOTA: No, no os diré cómo acaba todo esto, tampoco os diré si la estoy liando parda con el efecto mariposa. A mí me detuvieron por escupir las INFO CAPSULES y por ir sin medias.